sábado, 2 de julio de 2011

Una cultura malagueña

Málaga-Hoy

EN democracia la opinión es libre. Por eso, pueden los más altos representantes de nuestras administraciones central y autonómica considerar como más conveniente la candidatura de Córdoba a la Capitalidad Europea de la Cultura en el año 2016. Pero por la misma razón democrática, podemos nosotros, los malagueños, opinar que ese posicionamiento de tan ilustres políticos es injusto y rechazable.

Puede aceptarse, y debe apoyarse, que Málaga aspire a ser la Capitalidad Europea de la Cultura en el año 2016. La consecución de esa Capitalidad supondría para la ciudad una cierta publicidad de cara al exterior, la obtención de importantes beneficios económicos en infraestructuras culturales, una determinada rentabilidad política para el equipo gobernante y el mantenimiento de la esperanza, algo difícil, para que el nivel cultural de la ciudadanía malagueña se elevase.

La decisión final será, como siempre, un asunto político sometido a influencias, intereses y capacidades de todo tipo. En tanto el asunto progresa o no progresa, podemos recordar algunas cosas y analizar varias cuestiones que algo tienen que ver con ello.

La palabra cultura, como ya sabemos, se aplica indistintamente a conceptos bien diferenciados: al cultivo de los conocimientos a través de las facultades intelectuales, al conjunto de esos conocimientos adquiridos por el estudio o los viajes o a la pluralidad de costumbres y expresiones artísticas de una sociedad o pueblo. Pero la cultura, que no debe confundirse con el arte, ni con la educación del ciudadano, es actualmente objeto de frecuentes manipulaciones.

Cuando hablamos de cultura nos movemos por territorios inciertos. Nos instalamos en la ambigüedad. Porque puede decirse, como de la política y la economía, que cultura es todo. Y también puede pensarse, como se ha dicho, que casi toda la cultura es objeto de manipulación.

Las grandes culturas de la antigüedad, Egipto, Grecia, Roma, el Islam, y después, el Renacimiento español e italiano, la Ilustración francesa, el Imperio británico, crecieron unidas al poder, la riqueza y el espíritu de los pueblos en que se desarrollaron. Con ellos decayeron. Hoy, la cultura llamada occidental, Europa y tal vez Estados Unidos, parece haber iniciado su decaimiento.

Las políticas culturales de gobiernos e instituciones han sustituido al verdadero espíritu de la cultura, libre y rebelde ante lo establecido. Políticas culturales, movidas por intereses más políticos que culturales. Libros editados por diputaciones, ayuntamientos, cajas de ahorro y corporaciones empresariales. Museos y exposiciones patrocinadas. Museos excesivos, algunos visitados solamente por turistas, y los demás casi vacíos. Agentes culturales a sueldo.

Todo puede ser y no ser cultura: ferias, multitudinarias y suntuosas procesiones religiosas, la fiesta de los toros, folclore, el discutible y minoritario carnaval. Todo eso es también, o quizás sobre todo, espectáculo y diversión. Incluso la movida es calificada por el Ayuntamiento como cultura del botellón. Nuestra ciudad vive con esas tradiciones. Y por encima del indudable valor de sus vestigios históricos (Teatro romano, Castillo de Gibralfaro, Alcazaba) y de sus monumentos y museos (Catedral, pinacoteca de Bellas Artes, Museo Picasso), la ciudad parece replegarse ante las deficiencias de su cultura urbana.

Grandes y numerosas barriadas, cada vez mejor dotadas, hacen olvidar la personalidad del antiguo centro histórico, hoy subvertida. De la gran Plaza de las Carpas, antes de la Marina, nace la calle Larios, la calle Escaparate: mármoles, luces, atrayentes comercios. Con sus alegrías: jóvenes yuppies con trajes oscuros y corbatas rosas o celestes, jóvenes minifalderas de apretados traseros y pechos desafiantes, turistas y jubilados al sol; y con sus tristezas: algunos mendigos de plantilla, músicos rumanos o búlgaros con acordeones, violines o salterios, algún payaso, hombres y mujeres-estatua; todos luchando para poder vivir.

Calles antiguas abandonadas: muros y cierres cubiertos por las pintadas grafiteras, suciedad, orines, malos olores, ausencia de sol y vida. Málaga de bares y de peñas: pipirranas, magro con tomate, cazuelas de pringue oscura, callos y fritangas; que se abre a la globalización de la cultura en restaurantes chinos, kebabs y shawarmas, patatas asadas, hamburguesas y pizzas. Málaga acogedora, que recibe a trasnochados hippies que tocan la flauta y piden a la puerta de las iglesias para alimentar a sus perros. Málaga, que practica la integración étnica con la presencia en lugares estratégicos de gitanas maduras, oscura tez antigua, cabellos y faldas largas, que ofrecen el oloroso romero.

¿Cómo elevar la educación y la cultura ciudadanas? Difícil parece en estos tiempos del consumo ante todo, la televisión deleznable, el Youtube y el desarme moral. La globalización, que ha llegado para quedarse, no nos igualará por arriba en las cimas culturales del planeta. Nos igualará por abajo en los hábitos y modos del ocio y el consumo que hoy imperan.

Recuperemos la ciudad, la polis, como dice Álvaro García. Amemos todavía la cultura, lo que nos quede de la verdadera cultura, por lo que supone para la elevación del espíritu y el respeto a las opciones ajenas. Apoyemos y hagamos nuestra la rebeldía individual que significa toda auténtica creación artística o literaria. Puede que no todo esté perdido para la ciudad que nos acoge y que amamos.

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