sábado, 7 de mayo de 2011

EL TREN, SALÓN SOCIAL

Si don Hilarión, el de “La verbena de La Paloma”, levantara la cabeza, y Casta y Susana lo sacaran a ver pasar el AVE, no podría cantar “Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad…” porque se quedaría con la boca abierta. Cuanto más progresamos, mejor comprendemos que el tren es el transporte del futuro.
Está claro. A 350 kilómetros por hora, pronto viajaremos poco en avión por la península.
Sin embargo, siento nostalgia de los morosos Expresos, hasta doce horas para el trayecto Málaga-Madrid, por lo que sucedía en aquellos compartimentos de ocho pasajeros. Como aquí escribo en azul pastel, no puedo contar historias picantes que, como las meigas, haberlas haylas aún, pero entonces eran el pan nuestro de cada día, sin desalentarnos el tufo a pies o, como me ocurrió una vez por Marsella, aunque se sentara al lado una campesina con un cesto lleno de camembert-
Salías de Málaga a las 22.00 y llegabas a Atocha, con suerte, pasadas las nueve de la mañana. Tiempo de leer y soñar. Con los silbatos de los jefes de estación actuando de despertador, aquellos duermevelas interminables eran muy fecundos para los lazos sociales. Lazos efímeros, pero a veces podían hasta acabar en el altar. Para un muchacho era un viaje de iniciación en todos los sentidos, incluidos los escabrosos, y para los de mi generación viajar solo en tren a Madrid o a Barcelona era la piedra filosofal del paso a la madurez.
Conservo amistades del tren en toda Europa, pero fue en Caracas donde tuve el encuentro más memorable. Por azares de la vida, diseñé el cartel del XIII Congreso Panamericano de Ferrocarriles, donde participó RENFE, que pujaba para diseñar un ferrocarril de 900 kilómetros. Los españoles ganamos la puja, aunque, cosas del Caribe, del tren no se supo jamás. Por fortuna, el congreso me permitió conocer a Paco Lavilla -hermano del ministro suarista-, que soñaba con hacer completo el recorrido del Transiberiano, un tren donde daría tiempo de congeniar y casarse, y hasta de tener hijos. Con mucho menos, las dos horas aproximadas a Córdoba, Zaragoza o Sevilla, no paro de relacionarme en los viajes de promoción de mis novelas.
Hay que ver de lo que se entera uno cotilleando los diálogos casi involuntariamente o escuchando al impertinente que habla a voces con el móvil tras la espalda de uno.
De ese modo, he sabido de más de un cornudo famosillo de esos que pasen su pereza y su alcoholismo incorregibles por Sevilla. También, sin comerlo ni beberlo, me he enterado del porcentaje gallináceo de algunas copleras de postín.
El tren es un club social. Un salón donde hacer amigos y, por qué no, ligar. Es fantástico lo de contemplar paisajes más agrestes que los de la carretera, pero lo apasionante, lo verde y trasgresor ocurre dentro. ¿Ay, aquellas nórdicas impacientes!
Por si las moscas, en tren llevo siempre una buena provisión de tarjetas personales.

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