lunes, 28 de enero de 2013

Artículo sobre el Valle de Arán, publicado en el suplemento de "El País"



DEL TURQUESA AL ESMERALDA
por Luis Melero

En San Andrés, los araneses se paran a esperar el lucero que llaman “Estrella de la Nieve”. Deducen si tendrán año de nieves y, por lo tanto, de bienes, por su brillo que debe reproducir el aspa donde martirizaron al santo. Si la estrella no refulge mucho, vaticinan que el invierno será malo.

En este caso, puede ocurrir que, en mayo, el arcipreste diga señalando la verdísima ladera que se ve por la ventana: ¡Este año el valle es un secarral! Perplejo, el visitante contemplará la infinita gama desde el turquesa al esmeralda, los hayedos y abetales colmados de rebrotes y el riquísimo pasto con pinta de campo de golf gigantesco, y se preguntará para sus adentros de qué habla el buen cura. 

Sus vecinos hablan francés, castellano y catalán más su dialecto occitano. Pasan de una lengua a otra como si llevasen en el cerebro chips de respuesta instantánea en cuatro idiomas. Aunque predomina el castellano en rótulos, y todos lo hablan con acento excelente, navegan de lengua en lengua como intérpretes del Parlamento Europeo. 


El Valle de Arán es el único de nuestros Pirineos que desagua hacia el norte, en la vertiente atlántica. Aquí nace el Garona, el gran río cátaro, en un paisaje granítico rociado en verano de edelweis nevados. Es Garona desde Beret, pero va recibiendo torrentes del deshielo como Unhola, Nere, Joeu, Varrados o Toran, y lo que en Baqueira es un fogoso riachuelo montañés, en Les, tras un declive de mil metros en treinta kilómetros, es un río respetable surcado de jangadas. Ya no son lo que eran, aseguran en Bossost, antiguo enclave maderero que sobrevive gracias al turismo, pero todavía se ve alguna almadía posando para documentales de TVE2. Entre el deshielo, que jamás falla, y el régimen de lluvias, Arán es un mundo húmedo y vivaz.


Afirman que “preferimos ser gobernados por un rey poderoso, siempre que viva lejos”. Se sienten cómodos siendo españoles y aparte, aspiran a ser sólo araneses. No existe propiedad privada como la conocemos en el resto de España; gozan hace setecientos años de régimen comunal para la explotación de pastos y labrantíos. 

Cuentan con su propio gobierno, llamado en aranés Conselh Generau d’Aran. Lo preside un síndico, representado en las comarcas por seis bayles, lo que originó una costumbre curiosa: Jaime II de Aragón les otorgó en 1313 un estatuto que llaman “Querimonia”; el documento lo guardan en un mueble denominado “Armari de les sis claus”, o armario de las seis llaves, porque para abrirlo deben estar presentes todos los bayles, que portan al cuello su llave, distinta de las otras cinco. Por si las suspicacias…


A causa de la nieve, festejan más en verano. Destaca la quema del Haro. En el Mediterráneo encienden fogatas de San Juan, como los Júas de Málaga o las Hogueres de Alicante, pero Aran tiene su propia forma de celebrar el solsticio. Con hogueras… verticales. Por san Pedro, talan un abeto y lo desbrozan dejándole algunos tocones para poder escalarlo, y practican abundantes hachazos a todo lo largo; en las fisuras, clavan cuñas. Lo colocan de pie y lo dejan hasta el 23 de junio del año siguiente, cuando estará seco y arderá como tea. El más multitudinario es el de Les, un pueblo con buenas termas que ya disfrutaron los romanos. También abundan las romerías por recorridos de vértigo hacia ermitas inverosímiles. 


Los guisos típicos son el civet y la olla aranesa. El civet es un plato de caza, guisada con la sangre del animal, vino y un conjunto de ingredientes que devienen en una exquisitez inesperada. La olla aranesa es un puchero, contundente como conviene en un valle donde la nieve no se pierde de vista, con algunas aldeas que reciben sólo tres horas de sol al día en invierno.


Hay treinta y dos pueblos, cada uno con su iglesia. De estilo románico en la base, muestran un eclecticismo arquitectónico producto de la necesidad. Valle aislado y remoto, los curas iban construyendo sus templos según Dios les daba a entender. El resultado es un conjunto imperfecto, pero con encanto y misterio. 


De San Pedro, en Escunhau, podría hacerse un catálogo de rarezas. Ciertas torres con planta octogonal y aspilleras recuerdan a los templarios, como las de Gausac y Arró. Otras, pasan de la base cuadrada a la octogonal, caso de San Miguel, en Vielha. San Felipe, de Vilac, es un templo notable. También lo es San Andrés, en Salardú, con gran explanada, pórticos, campanario octogonal, ventanales góticos y murales del siglo XVI. El más románico es La Purificación, en Bossost, con planta basilical de tres naves, dos puertas decoradas, capiteles tallados, un ábside espléndido, torre y espadaña.



Más que iglesias de pueblos, en Aran son pueblos de iglesias. Trèdos, baluarte templario, simboliza sin embargo la huella dual de los cátaros con todo por partida doble, además de lo que el topónimo sugiere. Casi al lado está Baqueira-Beret y sus boatos invernales. Más abajo, Vielha, en la confluencia del Garona y el Nere, es una linda ciudad cosmopolita. De ahí en adelante, los pueblos se esconden como centinelas en los escarpes boscosos, como Arros, Vilac, Betlan, Es Bordes y Vilamós. En Bossot, se comienza a intuir la cercanía de Francia en las matrículas de los coches, y ya en Les, cuesta decidir dónde se encuentra uno y cómo decir adiós.

Nadie olvidará jamás un recorrido por el Valle de Arán en verano.

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