jueves, 24 de noviembre de 2011

EL DEBER DE HONRAR A NUESTROS MÁRTIRES


En Málaga, donde con tanta frecuencia perdemos la memoria, por fortuna se habla mucho últimamente de uno de los episodios más atroces que nos ha tocado vivir.


Aquí, una ciudad a medio camino entre el paraíso y el abismo, actúan fuerzas extrañas; deben de ser una suerte de demonios revoltosos y pícaros aliados con ángeles circunspectos, dedicados en cuerpo y alma, sobre todo en alma, a borrar los archivos de los intrincados engranajes del pensamiento colectivo. Una especie de virus “Viernes 13” inoculado en el disco duro de nuestro ordenador mental.

Por esa razón, apenas recordamos quiénes somos. Quien sufre de amnesia, deja casi de ser una persona al no conocer su origen, quiénes fueron sus padres, en qué circunstancias nació, cuáles son su nombre y apellidos o su número de identificación fiscal. Se convierte en un simple individuo, como una res en manada.

Los malagueños apenas recordamos que somos uno de los núcleos urbanos más antiguos de Europa; no nos recreamos con los vestigios antiquísimos que aparecen por doquier bajo nuestros cimientos; no exhibimos orgullosamente nuestra Lex Flavia Malacitana que nos consagró como municipio autónomo mucho antes de que ciertas arrogantes ciudades hubieran nacido; no nos jactamos de los incontables episodios de resistencia heroica contra los invasores; no lamentamos ni lamemos las heridas de tantas epidemias, asaltos, quemas de la ciudad o genocidios de los que fueron víctimas nuestros ancestros. Para no evocar, ni rememoramos nuestras glorias.

Así, de tanto no recordar, a los ojos foráneos aparecemos como recién nacidos en una anodina e insignificante urbe recién fundada.

Inclusive, habíamos callado hasta hace muy poco el penúltimo de nuestros suplicios históricos: el tumultuoso éxodo sufrido por antepasados de casi todos nosotros alrededor del 7 de febrero de 1937. Todos, todos casi sin excepción, tenemos alguien, un tío, unos padres, unos abuelos o unos bisabuelos que padecieron aquel tormento, aquella pesadilla, aquel seísmo monstruoso. Y muchos de nosotros perdimos parientes, porque fueron muchos los fugitivos malagueños que murieron sobre el asfalto de la carretera, despeñados en los precipicios o disueltos entre cañaduces y espuma de la mar.

Sobre la Desbandá de Málaga se extendió un manto de silencio desde el mismo 8 de febrero de 1937. El silencio aprovechaba a los dos bandos enfrentados. Los unos, porque no actuaron a nuestro favor y los otros, porque se excedieron actuando en nuestra contra. El recuerdo del drama permaneció sólo en la memoria atormentada de quienes más derecho y más necesidad tenían de olvidarlo, los que lo padecieron. Y éstos, los sufrientes, los que perdieron esa noche o las sucesivas a sus padres, a sus hijos o a sus hermanos, se encontraron luego con la ofensa del silencio pactado porque convenía a los dos bandos; de manera que no encontraron el consuelo de la solidaridad ni tampoco pudieron recibir pésames ni palabras de aliento. Nada. El silencio como una tumba y como un sudario de hielo sobre la sangre derramada y sobre unos enterramientos que ni siquiera sabemos dónde están.

Ahora, bienvenido sea, se quiere, por lo menos, crear una especie de “Bosque de los ausentes” en Torre del Mar, uno de los escenarios del drama. Dicen que lo impulsa la Diputación Provincial de Málaga y existe ya un diseño. Gracias sean dadas a los dioses misericordiosos. Por fin los mártires de la Desbandá de Málaga van a recibir un homenaje de los muchos que merecen.

Pero…

Durante los últimos treinta años, Málaga viene siendo muy generosa en la cesión de sus prerrogativas. Demasiado generosa. Y pudiera ser que con renuncia parecida a una actitud suicida. Ninguno de los organismos e instituciones capitales de la Costa del Sol tiene a Málaga por sede, ni aun los que le corresponde legalmente. A causa de la voraz mecánica engrasada por intereses que nos son ajenos y por nuestro desmemoriado desinterés, Málaga es en la actualidad la capital de provincia menos capital de provincia de todas las capitales de provincia de España. Conviene tener en cuenta que desde el punto de vista protocolario, esta viejísima ciudad, la sexta más poblada de España, es menos importante que Melilla o Ceuta.

Y, sin embargo, hablamos ya con desparpajo y asiduidad de la “Zona Metropolitana de Málaga”. ¿En torno sólo al factor demográfico? Somos una gran población, que no una gran ciudad, porque nuestra amnesia nos ha conducido a dar de lado al concepto de Polis clásica, la ciudad como ágora civilizadora, como polo de las capacidades creativas, impulsora de los intereses e iniciativas y generadora de inquietudes y cultura. Sin instituciones, sin asambleas, sin cámaras, sin parlamentos, sin organismos rectores no hay Polis, sólo ciudad dormitorio.

De peligrosísima manera, metimos en el cajón del olvido nuestra principal seña de identidad, el martirio de Ciriaco y Paula, una de las tradiciones más bellas y antiguas de Andalucía. Ciriaco y Paula ingresaron en ese cajón infame a causa de un par de exabruptos cometidos entre el siglo XIX y el presente por un ángel desorientado y por un demonio maldito. Igual que habíamos metido hasta hace muy poco el martirio de la Desbandá de Málaga. Tanto olvidamos esta tradición fundamental de Málaga, que próximo a cumplirse los 1.700 años del martirio de Ciriaco y Paula, el 18 de junio, nadie habla de ello ni ha organizado los fastos que tendrían lugar en otra urbe menos desmemoriada al cumplirse el XVII centenario de su más valiosa leyenda urbana.

Los mártires de la Desbandá de Málaga fueron en su mayoría capitalinos y huían de la maldición de los dioses, semejante a la de Sodoma y Gomorra, que se precipitaba sobre la capital malagueña. Por eso, y no sólo por eso, es a la ciudad de Málaga a quien corresponde el derecho y el deber de honrarlos. Es aquí donde tendríamos que alzar un monumento inmenso, tan inmenso como fue la tragedia. Somos nosotros, los capitalinos malagueños, quienes tenemos que realizar el esfuerzo de reunir los medios y de encontrar el sitio, ante el mar de Alborán que fue testigo rumoroso del drama, donde con aportaciones de todos (y en primer lugar de las instituciones) levantar ese monumento unitario y desprovisto de rencor donde se solidifique el dolor que tanto nos acongoja.

Cuando vivía en Brasil, asistí dos veces a una ceremonia maravillosa. La noche de fin de año, los fieles de la iglesia sincrética de Umbanda homenajean a su diosa del mar, Iemanjá, lanzando flores al rompeolas. Es fascinante contemplar el rito de noche, desde una ventana más o menos alta de Copacabana; vestidas de blanco, millares de personas se acercan a la orilla con velas encendidas en la mano, entre cánticos al son de tambores y van arrojando las flores al agua. Cuando amanece, el rebalaje se ha convertido en un mecido y ondulante jardín multicolor. La primera vez que lo vi, lo primero que se me ocurrió fue que ésa podría ser, entre Málaga y Motril, una bonita y emocionante manera de honrar a los mártires de la Desbandá de Málaga.

Tenemos que alzar y celebrar un monumento en la capital que agrupe y condense todas las sinergias, en recuerdo de la Desbandá de Málaga. Porque son muertos de todos los malagueños y a todos los malagueños nos compete honrarlos.

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